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Francisco de Asís, el vendedor ambulante

El año 1181, en la ciudad de Asís (Italia), el matrimonio formado por Pietro di Bernardone dei Moriconi y la noble provenzal Giovanna tuvieron un hijo al que llamaron Giovanni, quien sería el mayor de siete hermanos. El padre de Giovanni, que era un próspero comerciante de telas, prefería llamar a su primogénito Francesito (o Francesco) para recordar los orígenes franceses de su esposa. Además Don Pietro tenía una gran relación comercial con Francia. Parece que el pequeño se aficionó a la lengua francesa y a los cantos de los trovadores.

Teniendo una familia adinerada, Francisco vivió de manera despreocupada con sus amigos y, aunque hacía donativos para los pobres, miraba con repugnancia a los leprosos. Asís, por aquel entonces trataba de liberarse del Imperio Germánico, y Francisco formó parte del ejército papal en su lucha contra los germanos. En una de las batallas el joven Francisco fue hecho prisionero durante un año. Una vez liberado volvía al frente de batalla cuando sintió una voz que le recomendó regresar a Asís. A su vuelta, comenzó su desapego por lo material, aunque ayudaba a la familia viajando a caballo por los pueblos como vendedor ambulante, comerciando con las telas de su padre en los mercados y ferias.

En cierta ocasión observó a unos leprosos y decidió convivir unos días con ellos. Posteriormente continuó con sus viajes como comerciante. Mientras se dirigía a casa decidió entrar en la pequeña y destartalada capilla de San Damián, donde se sentó en silencio y oración. Sumido en sus pensamientos, le pareció escuchar de nuevo una voz que en esta ocasión le decía «Francisco, vete y repara mi iglesia, que se está cayendo en ruinas». Francisco entonces vendió su caballo y toda la mercancía que llevaba, e intentó entregárselo al sacerdote del lugar, quien no lo aceptó.

Las gentes pensaron que el joven Francisco se había vuelto loco. Don Pietro, el padre de Francisco, cuando supo lo que había hecho su hijo se enfadó muchísimo, tanto que lo encadenó y lo metió en un calabozo. Cuando el padre había marchado a negociar en mercados y ferias, Giovanna la madre de Francisco no pudo soportar verlo con los grilletes y lo liberó para que pudiera escapar. Para este tiempo Francisco ya había decidido renunciar a todo lo material y entregarse a Cristo, adoptando la pobreza como norma para su vida. Visitaba a los enfermos en los hospitales y compartía todo lo que llevara con los pobres.

San Francesco. Por Cimabue, de dominio público.

Don Pietro siguió a Francisco denunciándole ante las autoridades civiles para que le devolviera todo lo que había vendido. Francisco se sometió a la autoridad de la iglesia que trató de mediar a través del obispo de Asís. Francisco devolvió incluso sus ropas, de las que se despojó quedando desnudo, proclamando a Dios desde ese momento como su verdadero Padre.

Francisco literalmente obedeció aquella voz que había oído y reparó la capilla de San Damián y luego hizo lo mismo con la de San Pedro. Iba tan mal vestido y era tan descuidado en su atuendo, que unos vecinos le regalaron una túnica, un cinto y unas sandalias. Luego viajó a Porciúncula, donde había una capilla y donde escuchó las palabras del Evangelio: “No lleven oro… ni dos túnicas, ni sandalias, ni báculo…”. Francisco decidió entonces regalar hasta las sandalias y se quedó solo con una túnica. Empezó a ganarse el respeto de las gentes y algunos decidieron convertirse en sus discípulos. Francisco de Asís redactó unas breves normas para ellos, a quienes llamó “frailes menores” para que no olvidaran la humildad.

Alrededor de Porciúncula los “franciscanos” edificaron sencillas cabañas donde vivían todos ellos. Ayudaban a los agricultores de la zona, compartían con los pobres, cuidaban a los enfermos y unos de otros. Francisco de Asís contribuyó a la renovación de la Iglesia de la decadencia y el desorden en que había caído durante la Edad Media. A pesar de que su orden creció y alcanzó muchos países quiso que sus hermanos y hermanas (influenció en Santa Clara) no olvidaran nunca sus principios de humildad y pobreza.

Francisco apartaba de sí todo lo que pudiera hacerle sentir superior a los demás: riquezas, conocimiento, títulos… Huía del poder nobiliario y de la jerarquía feudal. Rehuía de todo poder sabiendo que el poder solo buscará incesantemente más poder (Cfr. El Leviatán de Hobbes). Pretendía eliminar todas las barreras y acortar todas las distancias. Varios historiadores y filósofos han considerado a Francisco de Asís como el hombre más grande creado por Occidente. En opinión del teólogo Leonardo Boff, Francisco ya no pertenece a ninguna rama del cristianismo, sino a toda la humanidad.

Francisco dando un sermón a las aves, fresco de Giotto en la Basílica a Francisco de Asís. Por Creator, de dominio público.

En la actualidad, donde es aparentemente normal “inflar” currículums para conseguir cargos públicos, donde la corrupción política y el ansia por amasar dinero ilegalmente no cesa, tanto si somos creyentes como si no lo somos, echemos un vistazo a la humildad de la orden franciscana y aprendamos a vivir con sencillez, tal vez esto nos ayude en nuestra paz interior, así como en la exterior.

En nuestros trabajos, tanto en el comercio no sedentario, como en cualquier otro tipo, que aquella forma de vida de il poverello d’Assisi («el pobrecillo de Asís»), en cuanto al respeto por nuestros semejantes, la ayuda mutua (también hacia los más necesitados) y la búsqueda del bien común, tanto para las personas como para este agonizante planeta (la casa común), sean una máxima diaria.

En pleno período estival cuando millones de personas se desplazan al mar o a la montaña, podemos entresacar de entre el mito y la leyenda de Francisco de Asís, su fascinación y amor por la naturaleza y los animales, donde veía él la grandeza de Dios. Francisco de Asís, comúnmente conocido como “Fratello”, el hermano pequeño de toda criatura, escribió el “Cántico del hermano Sol”, del cual os dejamos un breve extracto a continuación. Se trata de un texto que rebosa fraternidad, escrito por aquel que incluso al lobo llamó hermano y que cuando supo que le quedaban pocas semanas para morir exclamó “¡Bienvenida, hermana muerte!”:

Loado seas, mi Señor, con todas tus criaturas,
especialmente el señor hermano sol,
el cual es día, y por el cual nos alumbras. […]

Loado seas, mi Señor, por la hermana luna y las estrellas,
en el cielo las has formado luminosas y preciosas y bellas.

Loado seas, mi Señor, por el hermano viento,
y por el aire y el nublado y el sereno y todo tiempo,
por el cual a tus criaturas das sustento.

Loado seas, mi Señor, por la hermana agua,
la cual es muy útil y humilde y preciosa y casta. […]

Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la madre tierra,
la cual nos sustenta y gobierna,
y produce diversos frutos con coloridas flores y hierba. […]

Disfrutemos de la vida, del amor por nuestros seres queridos, del trabajo, de la naturaleza, de los animales… y en todo seamos personas fraternales y agradecidas.

Equipo MERCAFER

 

Fuentes consultadas [julio/agosto 2025]:
https://es.wikipedia.org/wiki/Francisco_de_As%C3%ADs

http://secretariat.synod.va/content/synod2018/es/jovenes-testigos/francisco-de-asis.html

https://www.franciscanos.org/esfa/escritossf.html

https://www.elpais.cr/2021/10/04/el-serafico-padre-san-francisco-el-ultimo-cristiano/

 

 

 

 

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